jueves, 6 de marzo de 2014

¿Quién eres?



Sofía Amundsen volvía a casa después del instituto. La primera
parte del camino la había hecho en compañía de Jorunn. Habían
hablado de robots. Jorunn opinaba que el cerebro humano era
como un sofisticado ordenador. Sofía no estaba muy segura de
estar de acuerdo. Un ser humano tenía que ser algo más que una
máquina.
Se habían despedido junto al hipermercado Sofía vivía al final de
una gran urbanización de chalets, y su camino al instituto, era casi
el doble que el de Jorunn. Era como si su casa se encontrara en el
fin del mundo, pues más allá de jardín no había ninguna casa más.
Allí comenzaba el espeso bosque.
Giró para meterse por el Camino del Trébol. Al final hacía una
brusca curva que solían llamar Curva del Capitán. Aquí sólo había
gente los sábados y los domingos.
Era uno de los primeros días de mayo. En algunos jardines se veían
tupidas coronas de narcisos bajo los árboles frutales. Los abedules
tenían ya una fina capa de encaje verde.
¡Era curioso ver cómo todo empezaba a crecer y brotar en esta
época del año! ¿Cuál era la causa de que kilos y kilos de esa
materia vegetal verde saliera a chorros de la tierra inanimada en
cuanto las temperaturas subían y desaparecían los últimos restos de
nieve?
Sofía miró el buzón al abrir la verja de su jardín. Solía haber un
montón de cartas de propaganda, además de unos sobres grandes
para su madre. Tenía la costumbre de dejarlo todo en un montón
sobre la mesa de la cocina, antes de subir a su habitación para
hacer los deberes.
A su padre le llegaba únicamente alguna que otra carta del banco,
pero no era un padre normal y corriente. El padre de Sofía era
capitán de un gran petrolero y estaba ausente gran parte del año.
Cuando pasaba en casa unas semanas seguidas, se paseaba por ella
haciendo la casa mas acogedora para Sofía y su madre. Por otra
parte, cuando estaba navegando resultaba a menudo muy distante.
Ese día sólo había una pequeña carta en el buzón, y era para Sofía.
«Sofía Amundsen», ponía en el pequeño sobre. «Camino del
Trébol 3. Eso era todo, no ponía quién la enviaba. Ni siquiera tenía
sello.
En cuanto hubo cerrado la puerta de la verja, Sofía abrió el sobre.
Lo único que encontró fue una notita, tan pequeña como el sobre
que la contenía. En la notita ponía: ¿Quién eres?
No ponía nada más. No traía ni saludos ni remitente, sólo esas dos
palabras escritas a mano con grandes interrogaciones.
Volvió a mirar el sobre. Pues sí, la carta era para ella. ¿Pero quién
la había dejado en el buzón?
Sofía se apresuró a sacar la llave y abrir la puerta de la casa pintada
de rojo. Como de costumbre, al gato Sherekan le dio tiempo a salir
de entre los arbustos, dar un salto hasta la escalera y meterse por la
puerta antes de que Sofía tuviera tiempo de cerrarla.
–¡Misi, misi, misi!
Cuando la madre de Sofía estaba de mal humor por alguna razón,
decía a veces que su hogar era como una casa de fieras, en otras
palabras, una colección de animales de distintas clases. Y por
cierto, Sofía estaba muy contenta con la suya. Primero le habían
regalado una pecera con los peces dorados Flequillo de Oro,
Caperucita Roja y Pedro el Negro. Luego tuvo los periquitos Cada
y Pizca, la tortuga Govinda y finalmente el gato atigrado Sherekan.
Había recibido todos estos animales como una especie de
compensación por parte de su madre, que volvía tarde del trabajo,
y de su padre, que tanto navegaba por el mundo.
Sofía se quitó la mochila y puso un plato con comida para
Sherekan. Luego se dejó caer sobre una banqueta de la cocina con
la misteriosa carta en la mano.
¿Quién eres?
En realidad no lo sabía. Era Sofía Amundsen, naturalmente, pero
¿quién era eso? Aún no lo había averiguado del todo.
¿Y si se hubiera llamado algo completamente distinto? Anne
Knutsen, por ejemplo. ¿En ese caso, habría sido otra?
De pronto se acordó de que su padre había querido que se llamara
Synnove. Sofía intentaba imaginarse que extendía la mano
presentándose como Synnove Amundsen, pero no, no servía. Todo
el tiempo era otra chica la que se presentaba.
Se puso de pie de un salto y entró en el cuarto de baño con la
extraña carta en la mano. Se coloco delante del espejo, y se miró
fijamente a sí misma.
–Soy Sofía Amundsen –dijo.
La chica del espejo no contestó ni con el más leve gesto. Hiciera lo
que hiciera Sofía, la otra hacia exactamente lo mismo. Sofía
intentaba anticiparse al espejo con un rapidísimo movimiento, pero
la otra era igual de rápida.
–¿Quién eres? –preguntó.
No obtuvo respuesta tampoco ahora, pero durante un breve instante
llegó a dudar de si era ella o la del espejo la que había hecho la
pregunta.
Sofía apretó el dedo índice contra la nariz del espejo y dijo:
–Tú eres yo:
Al no recibir ninguna respuesta, dio la vuelta a la pregunta y dijo:
–Yo soy tu.
Sofía Amundsen no había estado nunca muy contenta con su
aspecto. Le decían a menudo que tenía bonitos ojos almendrados,
pero seguramente se lo dirían porque su nariz era demasiado
pequeña y la boca un poco grande. Además, tenía las orejas
demasiado cerca de los ojos. Lo peor de todo era ese pelo liso que
resultaba imposible de arreglar. A veces su padre le acariciaba el
pelo llamándola la muchacha de los cabellos de lino», como la
pieza de música de Claude Debussy. Era fácil para él, que no
estaba condenado a tener ese pelo negro colgando durante toda su
vida. En el pelo de Sofía no servían ni el gel ni el spray.
A veces pensaba que le había tocado un aspecto tan extraño que se
preguntaba si no estaría mal hecha. Por lo menos había oído hablar
a su madre de un parto difícil. ¿Era realmente el parto lo que
decidía el aspecto que uno iba a tener?
¿No resultaba extraño el no saber quien era? ¿No era también
injusto no haber podido decidir su propio aspecto? Simplemente
había surgido así como así. A lo mejor podría elegir a sus amigos,
pero no se había elegido a sí misma. Ni siquiera había elegido ser
un ser humano.
¿Qué era un ser humano?
Sofía volvió a mirar a la chica del espejo.
–Creo que me subo para hacer los deberes de naturales –dijo, como
si quisiera disculparse. Un instante después, se encontraba en la
entrada.
No, prefiero salir al jardín, pensó.
–¡Misi, misi, misi, misi!
Sofía cogió al gato, lo sacó fuera y cerró la puerta tras ella.
Cuando se encontró en el caminito de gravilla con la misteriosa
carta en la mano, tuvo de repente una extraña sensación. Era como
si fuese una muñeca que por arte de magia hubiera cobrado vida.
¿No era extraño estar en el mundo en este momento, poder caminar
como por un maravilloso cuento?
Sherekan saltó ágilmente por la gravilla y se metió entre unos
tupidos arbustos de grosellas. Un gato vivo, desde los bigotes
blancos hasta el rabo juguetón en el extremo de su cuerpo liso.
También él estaba en el jardín, pero seguramente no era consciente
de ello de la misma manera que Sofía.
Conforme Sofía iba pensando en que existía, también le daba por
pensar en el hecho de que no se quedaría aquí eternamente.
Estoy en el mundo ahora, pensó. Pero un día habré desaparecido
del todo.
¿Habría alguna vida mas allá de la muerte? El gato ignoraría
también esa cuestión por completo?
La abuela de Sofía había muerto hacía poco. Casi a diario durante
medio año había pensado cuánto la echaba de menos. ¿No era
injusto que la vida tuviera que acabarse alguna vez?
En el camino de gravilla Sofía se quedó pensando. Intentó pensar
intensamente en que existía para de esa forma olvidarse de que no
se quedaría aquí para siempre. Pero resultó imposible. En cuanto se
concentraba en el hecho de que existía, inmediatamente surgía la
idea del fin de la vida. Lo mismo pasaba a la inversa: cuando había
conseguido tener una fuerte sensación de que un día desaparecería
del todo, entendía realmente lo enormemente valiosa que es la
vida. Era como la cara y la cruz de una moneda, una moneda a la
que daba vueltas constantemente. Cuanto más grande y nítida se
veía una de las caras, mayor y más nítida se veía también la otra.
La vida y la muerte eran como dos caras del mismo asunto.
No se puede tener la sensación de existir sin tener también la
sensación de tener que morir, pensó. De la misma manera, resulta
igualmente imposible pensar que uno va a morir, sin pensar al
mismo tiempo en lo fantástico que es vivir.
Sofía se acordó de que su abuela había dicho algo parecido el día
en que el médico le había dicho que estaba enferma. Hasta ahora
no he entendido lo valiosa que es la vida», había dicho.
¿No era triste que la mayoría de la gente tuviera que ponerse
enferma para darse cuenta de lo agradable que es vivir?
¿Necesitarían acaso una carta misteriosa en el buzón?
Quizás debiera mirar si había algo más en el buzón. Sofía corrió
hacia la verja y levantó la tapa verde. Se sobresaltó al descubrir un
sobre idéntico al primero. ¿Se había asegurado de mirar si el buzón
se había quedado vacío del todo la primera vez?
También en este sobre ponía su nombre. Abrió el sobre y sacó una
nota igual que la primera.
¿De dónde viene el mundo?, ponía.
No tengo la más remota idea, pensó Sofía. Nadie sabe esas cosas,
supongo. Y sin embargo, Sofía pensó que era una pregunta
justificada. Por primera vez en su vida pensó que casi no tenía
justificación vivir en un mundo sin preguntarse siquiera de dónde
venía ese mundo.
Las cartas misteriosas la habían dejado tan aturdida que decidió ir a
sentarse al Callejón.
El Callejón era el escondite secreto de Sofía. Solo iba allí cuando
estaba muy enfadada, muy triste o muy contenta. Ese día sólo
estaba confundida.


Responde las siguientes preguntas en tu libreta

¿Cómo se llama el personaje principal del relato?
¿Cuáles son las preguntas que se plantea?
¿Qué la lleva a plantearse dichas preguntas?
¿Crees que haya respuesta a las interrogantes que se plantea el personaje?
¿Ella cree que haya quien sepa de esas cosas?
¿Qué es el ser humano? 
¿Quién eres? ¿qué te define?
¿Alguna consideración sobre la muerte? 

martes, 4 de febrero de 2014

El valor de la filosofía



Habiendo llegado al final de nuestro breve resumen de los problemas de la filosofía, bueno será considerar, para concluir, cuál es el valor de la filosofía y por qué debe ser estudiada. Es tanto más necesario considerar esta cuestión, ante el hecho de que muchos, bajo la influencia de la ciencia o de los negocios prácticos, se inclinan a dudar que la filosofía sea algo más que una ocupación inocente, pero frívola e inútil, con distinciones que se quiebran de puro sutiles y controversias sobre materias cuyo conocimiento es imposible.

Esta opinión sobre la filosofía parece resultar, en parte, de una falsa concepción de los fines de la vida, y en parte de una falsa concepción de la especie de bienes que la filosofía se esfuerza en obtener. Las ciencias físicas, mediante sus invenciones, son útiles a innumerables personas que las ignoran totalmente: así, el estudio de las ciencias físicas no es sólo o principalmente recomendable por su efecto sobre el que las estudia, sino más bien por su efecto sobre los hombres en general. Esta utilidad no pertenece a la filosofía. Si el estudio de la filosofía tiene algún valor para los que no se dedican a ella, es sólo un efecto indirecto, por sus efectos sobre la vida de los que la estudian. Por consiguiente, en estos efectos hay que buscar primordialmente el valor de la filosofía, si es que en efecto lo tiene.

Pero ante todo, si no queremos fracasar en nuestro empeño, debemos liberar nuestro espíritu de los prejuicios de lo que se denomina equivocadamente «el hombre práctico». El hombre «práctico», en el uso corriente de la palabra, es el que sólo reconoce necesidades materiales, que comprende que el hombre necesita el alimento del cuerpo, pero olvida la necesidad de procurar un alimento al espíritu. Si todos los hombres vivieran bien, si la pobreza y la enfermedad hubiesen sido reducidas al mínimo posible, quedaría todavía mucho que hacer para producir una sociedad estimable; y aun en el mundo actual los bienes del espíritu son por lo menos tan importantes como los del cuerpo. El valor de la filosofía debe hallarse exclusivamente entre los bienes del espíritu, y sólo los que no son indiferentes a estos bienes pueden llegar a la persuasión de que estudiar filosofía no es perder el tiempo.

La filosofía, como todos los demás estudios, aspira primordialmente al conocimiento. El conocimiento a que aspira es aquella clase de conocimiento que nos da la unidad y el sistema del cuerpo de las ciencias, y el que resulta del examen crítico del fundamento de nuestras convicciones, prejuicios y creencias. Pero no se puede sostener que la filosofía haya obtenido un éxito realmente grande en su intento de proporcionar una respuesta concreta a estas cuestiones. Si preguntamos a un matemático, a un mineralogista, a un historiador, o a cualquier otro hombre de ciencia, qué conjunto de verdades concretas ha sido establecido por su ciencia, su respuesta durará tanto tiempo como estemos dispuestos a escuchar. Pero si hacemos la misma pregunta a un filósofo, y éste es sincero, tendrá que confesar que su estudio no ha llegado a resultados positivos comparables a los de las otras ciencias. Verdad es que esto se explica, en parte, por el hecho de que, desde el momento en que se hace posible el conocimiento preciso sobre una materia cualquiera, esta materia deja de ser denominada filosofía y se convierte en una ciencia separada. Todo el estudio del cielo, que pertenece hoy a la astronomía, antiguamente era incluido en la filosofía; la gran obra de Newton se denomina Principios matemáticos de la filosofía natural. De un modo análogo, el estudio del espíritu humano, que era, todavía recientemente, una parte de la filosofía, se ha separado actualmente de ella y se ha convertido en la ciencia psicológica. Así, la incertidumbre de la filosofía es, en una gran medida, más aparente que real; los problemas que son susceptibles de una respuesta precisa se han colocado en las ciencias, mientras que sólo los que no la consienten actualmente quedan formando el residuo que denominamos filosofía.

Sin embargo, esto es sólo una parte de la verdad en lo que se refiere a la incertidumbre de la filosofía. Hay muchos problemas —y entre ellos los que tienen un interés más profundo para nuestra vida espiritual— que, en los límites de lo que podemos ver, permanecerán necesariamente insolubles para el intelecto humano, salvo si su poder llega a ser de un orden totalmente diferente de lo que es hoy. ¿Tiene el Universo una unidad de plan o designio, o es una fortuita conjunción de átomos? ¿Es la conciencia una parte del Universo que da la esperanza de un crecimiento indefinido de la sabiduría, o es un accidente transitorio en un pequeño planeta en el cual la vida acabará por hacerse imposible? ¿El bien y el mal son de alguna importancia para el Universo, o solamente para el hombre? La filosofía plantea problemas de este género, y los diversos filósofos contestan a ellos de diversas maneras. Pero parece que, sea o no posible hallarles por otro lado una respuesta, las que propone la filosofía no pueden ser demostradas como verdaderas. Sin embargo, por muy débil que sea la esperanza de hallar una respuesta, es una parte de la tarea de la filosofía continuar la consideración de estos problemas, haciéndonos conscientes de su importancia, examinando todo lo que nos aproxima a ellos, y manteniendo vivo este interés especulativo por el Universo, que nos expondríamos a matar si nos limitáramos al conocimiento de lo que puede ser establecido mediante un conocimiento definitivo.
Verdad es que muchos filósofos han pretendido que la filosofía podía establecer la verdad de determinadas respuestas sobre estos problemas fundamentales. Han supuesto que lo más importante de las creencias religiosas podía ser probado como verdadero mediante una demostración estricta. Para juzgar sobre estas tentativas es necesario hacer un examen del conocimiento humano y formarse una opinión sobre sus métodos y limitaciones. Sería imprudente pronunciarse dogmáticamente sobre estas materias; pero si las investigaciones de nuestros capítulos anteriores no nos han extraviado, nos vemos forzados a renunciar a la esperanza de hallar una prueba filosófica de las creencias religiosas. Por lo tanto, no podemos alegar como una prueba del valor de la filosofía una serie de respuestas a estas cuestiones. Una vez más, el valor de la filosofía no puede depender de un supuesto cuerpo de conocimientos seguros y precisos que puedan adquirir los que la estudian.
De hecho, el valor de la filosofía debe ser buscado en una, larga medida en su real incertidumbre. El hombre que no tiene ningún barniz de filosofía, va por la vida prisionero de los prejuicios que derivan del sentido común, de las creencias habituales en su tiempo y en su país, y de las que se han desarrollado en su espíritu sin la cooperación ni el consentimiento deliberado de su razón. Para este hombre el mundo tiende a hácerse preciso, definido, obvio; los objetos habituales no le suscitan problema alguno, y las posibilidades no familiares son desdeñosamente rechazadas. Desde el momento en que empezamos a filosofar, hallamos, por el contrario, como hemos visto en nuestros primeros capítulos, que aun los objetos más ordinarios conducen a problemas a los cuales sólo podemos dar respuestas muy incompletas. La filosofía, aunque incapaz de decirnos con certeza cuál es la verdadera respuesta a las dudas que suscita, es capaz de sugerir diversas posibilidades que amplían nuestros pensamientos y nos liberan de la tiranía de la costumbre. Así, el disminuir nuestro sentimiento de certeza sobre lo que las cosas son, aumenta en alto grado nuestro conocimiento de lo que pueden ser; rechaza el dogmatismo algo arrogante de los que no se han introducido jamás en la región de la duda liberadora y guarda vivaz nuestro sentido de la admiración, presentando los objetos familiares en un aspecto no familiar.

Aparte esta utilidad de mostrarnos posibilidades insospechadas, la filosofía tiene un valor —tal vez su máximo valor— por la grandeza de los objetos que contempla, y la liberación de los intereses mezquinos y personales que resultan de aquella contemplación. La vida del hombre instintivo se halla encerrada en el círculo de sus intereses privados: la familia y los amigos pueden incluirse en ella, pero el resto del mundo no entra en consideración, salvo en lo que puede ayudar o entorpecer lo que forma parte del círculo de los deseos instintivos. Esta vida tiene algo de febril y limitada. En comparación con ella, la vida del filósofo es serena y libre. El mundo privado, de los intereses instintivos, es pequeño en medio de un mundo grande y poderoso que debe, tarde o temprano, arruinar nuestro mundo peculiar. Salvo si ensanchamos de tal modo nuestros intereses que incluyamos en ellos el mundo entero, permanecemos como una guarnición en una fortaleza sitiada, sabiendo que el enemigo nos impide escapar y que la rendición final es inevitable. Este género de vida no conoce la paz, sino una constante guerra entre la insistencia del deseo y la importancia del querer. Si nuestra vida ha de ser grande y libre, debemos escapar, de uno u otro modo, a esta prisión y a esta guerra.

Un modo de escapar a ello es la contemplación filosófica. La contemplación filosófica, cuando sus perspectivas son muy amplias, no divide el Universo en dos campos hostiles: los amigos y los enemigos, lo útil y lo adverso, lo bueno y lo malo; contempla el todo de un modo imparcial. La contemplación filosófica, cuando es pura, no intenta probar que el resto del Universo sea afín al hombre. Toda adquisición de conocimiento es una ampliación del yo, pero esta ampliación es alcanzada cuando no se busca directamente.  Es una tendencia filosófica muy extendida la que considera el hombre como la medida de todas las cosas, la verdad hecha para el hombre, el espacio y el tiempo, y los universales como propiedades del espíritu, y que, si hay algo que no ha sido creado por el espíritu, es algo incognoscible y que no cuenta para nosotros. Esta opinión, si son correctas nuestras anteriores discusiones, es falsa; pero además de ser falsa, tiene por efecto privar a la contemplación filosófica de todo lo que le da valor, puesto que encadena la contemplación al yo. Lo que denomina conocimiento no es una unión con el yo, sino una serie de prejuicios, hábitos y deseos que tejen un velo impenetrable entre nosotros y el mundo exterior. El hombre que halla complacencia en esta teoría del cono cimiento es como el que no abandona su círculo doméstico por temor a que su palabra no sea ley.
La verdadera contemplación filosófica, por el contrario, halla su satisfacción (...), en todo lo que magnifica el objeto contemplado, y con ello el sujeto que lo contempla. En la contemplación, todo lo personal o privado, todo lo que depende del hábito, del interés propio o del deseo perturba el objeto, y, por consiguiente, la unión que busca el intelecto. Al construir una barrera entre el sujeto y el objeto, estas cosas personales y privadas llegan a ser una prisión para el intelecto. El espíritu libre verá, como Dios lo pudiera ver, sin aquí ni ahora, sin esperanza ni temor —fuera de las redes de las creencias habituales y de los prejuicios tradicionales —serena, desapasionadamente, y sin otro deseo que el del conocimiento, casi un conocimiento impersonal, tan puramente contemplativo como sea posible alcanzarlo para el hombre. Por esta razón también, el intelecto libre apreciará más el conocimiento abstracto y universal, en el cual no entran los accidentes de la historia particular, que el conocimiento aportado por los sentidos, y dependiente, como es forzoso en estos conocimientos, del punto de vista exclusivo y personal, y de un cuerpo cuyos órganos de los sentidos deforman más que revelan. 

El espíritu acostumbrado a la libertad y a la imparcialidad de la contemplación filosófica, guardará algo de esta libertad y de esta imparcialidad en el mundo de la acción y de la emoción. Considerará. sus proyectos y sus deseos como una parte de un todo, con la ausencia de insistencia que resulta de ver que son fragmentos infinitesimales en un mundo en el cual permanece indiferente a las acciones de los hombres. La imparcialidad que en la contemplación es el puro deseo de la verdad, es la misma cualidad del espíritu que en la acción se denomina justicia, y en la emoción es este amor universal que puede ser dado a todos y no sólo a aquellos que juzgamos útiles o admirables. Así, la contemplación no sólo amplia los objetos de nuestro pensamiento, sino también los objetos de nuestras acciones y afecciones; nos hace ciudadanos del Universo, no sólo de una ciudad amurallada, en guerra con todo lo demás. En esta ciudadanía del Universo consiste la verdadera libertad del hombre, y su liberación del vasallaje de las esperanzas y los temores limitados.

Para resumir nuestro análisis sobre el valor de la filosofía: la filosofía debe ser estudiada, no por las respuestas concretas a los problemas que plantea, puesto que, por lo general, ninguna respuesta precisa puede ser conocida como verdadera, sino más bien por el valor de los problemas mismos; porque estos problemas amplían nuestra concepción de lo posible, enriquecen nuestra imaginación intelectual y disminuyen la seguridad dogmática que cierra el espíritu a la investigación; pero, ante todo, porque por la grandeza del Universo que la filosofía contempla, el espíritu se hace a su vez grande, y llega a ser capaz de la unión con el Universo que constituye su supremo bien.

Bertrand Russell